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Hasta 1998, y a lo largo de casi 50 años, la gran mayoría del electorado costarricense tenía partido político y se mantenía fiel a esa agrupación, pasara lo que pasara. Y no solo las personas vistas como individuos. Era común que las familias compartieran la misma lealtad partidaria. Así, había familias de tradición “perica”, “mariachi” o “comunista”. En un típico febrero de elecciones, todos los miembros de la familia salían a votar juntos, orgullosamente vestidos con los colores de su partido. Y las casas, bien embanderadas.  

Si alguna persona se atrevía a cambiar de partido, hecho conocido como “cambiar de camiseta”, el acto era considerado una traición política y familiar (¡Ay Tatica Dios…! diría Carmen Lyra). Por estos motivos, la intención de voto de la ciudadanía costarricense era muy estable y predecible: los partidos sabían cuál era su nivel de apoyo y, durante las elecciones, el pleito entre ellos era atraer a los relativamente pocos indecisos. 

Esa Costa Rica ya no existe: la tradición política de sólidos apoyos partidarios se ha reducido significativamente. Muchos de los antiguos partidarios se “resfriaron” y las nuevas generaciones de votantes que entraron a la política, empezaron a decidir su voto libres de “ataduras” permanentes. De esta manera, en las elecciones de la última década, la fluidez y el cambio entre partidos han sido la tónica: no solo es que muchos cambian de partido de una elección a otra, sino que lo hacen a lo largo de los pocos meses que dura una campaña electoral. Esto último es hoy tan común como cambiarse de ropa. 

Cambios tan abruptos en los apoyos partidarios difícilmente son captados por las encuestas tradicionales, que toman la foto del electorado en un momento dado. Para verlos es necesario usar otras técnicas, como el llamado “panel de electores”, en el que se entrevista a las mismas personas en varios momentos durante una misma campaña. Así se les lleva el pulso, se identifica rápidamente los cambios en sus preferencias políticas y, sobre todo, se entiende a qué partidos abandonan, hacia cuáles otros se inclinan y por qué.  

El gráfico abajo muestra la historia de las elecciones del 2018 según el panel electoral del CIEP-UCR y el PEN realizado entre octubre 2017 y abril 2018. A cada persona se le entrevistó en cinco veces; cada línea es un votante distinto y una línea con distintos colores indica que una persona cambió su preferencia una o más veces. Si el color es el mismo, no hubo cambios. Puede verse claramente que hay gente que cambió hasta cuatro veces de camiseta.

Gráfico: cambios en las preferencias de las y los electores. Octubre de 2017 a abril de 2018 

Fuente: Informe Estado de la Nación 2018 con datos del PEN y CIEP-UCR. 2018.

El estudio permitió identificar, por primera vez, tres grupos de indecisos. El primero son los “clásicos”, personas que nunca tuvieron un candidato de preferencia (líneas siempre grises). El segundo, los “swingers”, que cambiaron constantemente (líneas multicolores); finalmente, las personas «arrepentidas”, que pasaron de tener un favorito a estar indecisas al final (líneas que terminan en gris). Entre las personas que cambiaban de preferencia hubo casos en los que el apoyo se movió del Frente Amplio al Movimiento Libertario, es decir, de un extremo político al otro.  

Por otro lado, el análisis mostró una verdadera “montaña rusa” en los apoyos de los partidos: quienes triunfaron en la primera ronda electoral de febrero 2018, casi no tenían apoyo al inicio de la campaña, pero crecieron rápido al final, hecho acompañado por múltiples “desbandadas de apoyo electoral” en las otras fuerzas políticas. En un contexto en el que el electorado cambia de agrupación política como cambiar de ropa, debilita a los partidos, incrementa la incertidumbre y plantea desafíos a quienes conducen las campañas políticas debido a la ocurrencia de resultados electorales inesperados y sorpresivos.  

Créditos: el autor agradece los comentarios y observaciones de Jorge Vargas Cullell, Susan Rodríguez Calvo y Pamela Jiménez Fontana.