Compartir

Históricamente, las pandemias han tenido impactos políticos muy grandes. La llamada “Peste de Justiniano”, en los siglos VI y VII debilitó fuertemente al Imperio Bizantino; la “Peste negra”, setecientos años después, aceleró el fin del feudalismo en Europa y estuvo asociada a revueltas sociales. En el siglo XX, la gripe española que ocurrió en medio de la Primera Guerra Mundial, fue la responsable por la muerte de alrededor de 40 millones de personas. Por tanto, una pregunta relevante es si la pandemia del COVID19 afectará los sistemas políticos, tanto a escala nacional como internacional, como lo han hecho las anteriores.

Es todavía muy temprano para responder esta pregunta, pues estamos apenas en las primeras etapas de la crisis y el curso final de los acontecimientos dependerá de lo que pase en los próximos meses y años. Los impactos finales podrían, incluso, tardar décadas en manifestarse: ¿caerán las democracias?, ¿Habrá revueltas populares por hambre, la falta de empleo o contra la desigualdad?, o ¿sucumbirán los países a regímenes autoritarios?

Esta dificultad no significa desconocer que la pandemia ya está teniendo efectos políticos y que existen instrumentos para ir midiéndolos y ver tendencias. Esta labor de seguimiento y análisis puede dar información vital a la ciudadanía y a los gobiernos, especialmente los democráticos, con el fin de preservar las libertades y el bienestar de las personas.

En esta perspectiva, en el mes de abril del 2020 el Programa Estado de la Nación, junto con el Centro de Investigaciones Políticas de la Universidad de Costa Rica (CIEP-UCR), aplicó una encuesta a una muestra nacional representativa. Uno de los temas principales de interés era valorar si un “shock” como la pandemia, que ha provocado destrucción de empleos y riqueza, y más pobreza, está produciendo niveles de descontento ciudadano capaces de desestabilizar al sistema político. 

Un efecto posible era que la confianza en el gobierno y en el sistema se erosionara rápidamente debido a las dificultades socioeconómicas y la incertidumbre. En otras palabras, que al “perro flaco se le pegaran las pulgas”: pues en los meses inmediatamente anteriores, el gobierno estaba muy debilitado por escándalos políticos como el de la Unidad de Protección de Datos (UPAD). Además, desde hace ya dos décadas, los niveles de apoyo ciudadano a la democracia, la reserva de “buena voluntad” con el sistema, son consistentemente menores a los que había treinta años atrás. ¿Se estaba, pues, configurando un escenario con graves riesgos políticos para el país?

El principal hallazgo del estudio es que, contrario a lo que podía anticiparse (dadas las condiciones descritas), el shock pandémico ha estado asociado a un fuerte incremento del apoyo ciudadano a la democracia, hasta niveles comparables a la época de la crisis económica de los años ochenta del siglo pasado. Es un “subidón” del apoyo ciudadano que no sabemos si va a perdurar, pero sí que ha dado un margen de apoyo muy importante a las autoridades para el manejo de la emergencia.

¿Cuál es la evidencia en apoyo a esta conclusión? 

Cuando la pandemia del COVID19 impactó a Costa Rica el nivel de apoyo ciudadano a la democracia del que se tenía conocimiento era de 58 puntos en una escala de 0 a 100 puntos, según la medición disponible a octubre de 2019. Ese panorama planteaba grandes desafíos a la tradicionalmente estable democracia costarricense, pues sus niveles de legitimidad no eran los deseables para soportar shocks o embates externos.

Los datos de abril de 2020 revelan que el respaldo a la democracia incrementó a 76 puntos, el valor más alto desde 1987. Como se aprecia en el gráfico, dos de los grupos de la ciudadanía con actitudes más afines a la democracia, los demócratas liberales y los demócratas semiliberales, es decir aquellos que respaldan fuertemente a las autoridades de gobierno (sin importar el partido al mando) y tolerantes (al menos medianamente) de las diferencias sociales, aumentaron considerablemente en comparación con lo reportado en las últimas dos décadas. 

Por otra parte, el grupo de la ciudadanía de “demócratas a medias”, denominados ambivalentes por sus actitudes contradictorias con la política, se redujo de tamaño y además, se desplazó como nunca antes, hacia el eje de mayor democracia. Asimismo, el grupo de autoritarios, los más escépticos con la democracia no mostró cambios relevantes. La combinación de estos resultados, representa, sin duda, un panorama muy favorable para la democracia costarricense en un momento crítico. En otras palabras, la ciudadanía cerró filas con la democracia para batallar contra la pandemia.

Gráfico 1. Evolución de los principales tipos de demócratas en Costa Rica. 1978-2020

(porcentajes)

Fuente: actualización con base en Gómez Campos, 2019, con datos de la Encuesta “Barómetro de las Américas”, Lapop 2018 y CIEP abril 2020.

¿Cómo llegamos a estos resultados?

En el informe Estado de la Nación 2019 se publicó una novedosa tipología que clasifica a las personas en un continuum que va desde los más fieles creyentes en la democracia, los que se posicionan a mitad del espectro y los que se localizan en el otro extremo, es decir aquellos que muestran las más radicales conductas antisistema. El apoyo al sistema no tiene un comportamiento binario, es decir, no es un asunto de apoyo total o rechazo total, sino que tiene diversas intensidades. El resultado es un conjunto variado de perfiles ciudadanos de apoyo a la democracia; es decir, varios grupos ordenados según cómo se posicionan en ese apoyo al sistema. En principio, puede haber tantas combinaciones de grados de apoyo al sistema y tolerancia política como personas. La clasificación es lo suficientemente depurada como para observar sutiles pero sustantivas diferencias entre los grupos. 

Referencias bibliográficas

CIEP. (2020). Informe de resultados del estudio de opinión sociopolítica. Abril 2020. San José: Centro de Investigación y Estudios Políticos.

PEN. (2019). Informe Estado de la Nación 2019. San José: Programa Estado de la Nación.